Everybody Hurts

“DEPRESIÓN CRÓNICA” decía en letras mayúsculas aquél documento.

Con sólo leerlo me sentí aliviada. El hecho de que éste sentimiento indescriptible tuviera etiqueta, tal cual tapa de un libro o frasco de vidrio arrumbado en la alacena, me hacía sentir un avance en medio del caos.

Me puse mis gafas de sol y me largué. Disgustada un poco por el costo de los honorarios. “¿Pero qué le vamos a hacer?” pensé “Eso de aguantar los lloriqueos contenidos por años de una persona que casi se acaba una caja de Kleenex en menos de una hora, debe de tener un precio”.

Llamé a mi esposo. Sospeché por su tono mesurado que ya tenía una idea del diagnóstico, y me tranquilizo con sus palabras. Las necesarias para calmar mi llanto en el momento. Pero minutos después surgió la necesidad de contárselo a alguien más. A eso a lo que muchos se refieren como “un buen amigo”.

Tomé mi celular y marque a la primera persona que tenía en mente. Pero antes de que diera tono colgué. “Está trabajando” me dije. Así es que le escribí un mensaje, a flor de piel, sin preocuparme de la coherencia del texto. Lo leyó, sé que lo leyó aunque tuviera la condicionante de no mostrar si lo hizo o no. Esperé un minuto, dos, cinco, diez. No contestó. Me sentí desilusionada y frustrada. Después comprendí la difícil situación en que lo ponía. Si fuera yo ¿Qué es lo que diría? Después recordé que “la depresión” le parece algo insulso. Y ahí fue cuando me sentí estúpida. Arrepentida de mandar ése mensaje. Respondió doce horas después. Solo me disculpé, puntualicé que se trataba de un lapsus y que me encontraba bien, aunque no fuera así.

Lo mismo sucedió con la segunda persona a la que marqué. Me pareció la opción más sensata dado que está a la vanguardia en lo que a terapias alternativas se refiere. Al momento de decir mi diagnóstico de inmediato me ofreció un paquete de terapias energéticas, que según insistía era lo que necesitaba. “¿ Y ella cómo sabe lo que necesito, si ni siquiera escucha lo que pido?” me dije a mí misma. Pero después comprendí que no puedo culparla. Ella busca la manera de salir adelante, de generar un ingreso. Por que, ser una profesionista y quedarse en casa “sin hacer nada” ya es un estigma que pesa mucho. En el último minuto de la llamada se ofreció a escucharme cuando yo quisiera, pero ya no tenía ganas de decir nada. Le di las gracias, acepté la invitación para después y le dije que ya me encontraba bien.

Por último llamé a quien siempre he dicho es mi mejor amiga desde la secundaria. No contestó de inmediato, lo hizo dos horas después muy apenada y apresurada porque iba al dentista. Debido a su premura, y que me encontraba en la caja del supermercado no pude explayarme en los tres minutos de los que disponía. Así es que prometió llamarme en cuanto saliera del consultorio. No lo hizo. De eso ya ha pasado un día. Pero pensándolo bien lo merezco. He sido una amiga terrible, por no estar ahí a lo largo de éstos años cuando tuvo a sus hijos, se divorció, o tuvo malos momentos. Quizá ella también me marcó y yo nunca estuve ahí para ella. ¡No estuve!

Así es que, lo justo es que le evite un drama, y empezaré a ser una buena amiga partir de éste momento. Si llegara a preguntar para qué la llamaba me inventaré una excusa. Y al final diré que me encuentro bien.

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